9.2 La investigación científica sobre contracepción: ethos zoológico

Resumen: Capítulo IX.2

La investigación científica sobre contracepción: ethos zoológico

La investigación contraceptiva moderna fue ideada desde el principio como contracepción femenina. La contracepción masculina, aunque en años recientes está recibiendo alguna atención, ha permanecido en un plano secundario.

Una consecuencia de tal enfoque fue el desarrollo, entre los investigadores de la contracepción femenina, de una mentalidad que podría calificarse de ’zoologista’, en la que la mujer-sujeto experimental es rebajada a la condición de animal de laboratorio. No se trataba de un fenómeno nuevo, pues la idea de la mujer como animal reproductor era, en parte, herencia del siglo XIX. Contribuyó a este enfoque la ideología de la superpoblación del planeta, por la depreciación de los individuos singulares y sus proyectos reproductivos particulares, y su opción por la masa anónima y el potencial reproductivo colectivo. También influyó el evolucionismo darwiniano y la visión materialista de la biología.

Pincus había sido discípulo de Jacques Loeb, para quien todo proceso biológico (incluida la reproducción) podía ser reducido a física y química, de modo que después pudiera ser ‘reingenierizado’ y controlado. Fue grande la influencia que tal visión zoologista ejerció en los científicos que diseñaron los ensayos clínicos correspondientes.

 

I. La equiparación de la mujer, en cuanto sujeto de experimentación, a un cobaya humano

La manifestación más simple del fenómeno aparece en el lenguaje biomédico que contiene expresiones como: “Se han hecho también algunas observaciones en mujeres y monas después de la ovariectomía”. Se afirma que no hay diferencias entre la mujer y el animal hembra en los procesos reproductivos. Esta identificación se podría interpretar ‘asépticamente’, pero, según el contexto, pueden ser degradantes para las mujeres. El fenómeno ha quedado plasmado en la imagen de la mujer-cobaya humano.

La expresión cobaya humano había sido usada mucho antes de los años 1950, para designar diversos tipos de sujetos de experimentación. Sin embargo, fue en la investigación contraceptiva donde la condición de mujer como animal experimental alcanzó notoriedad, de la mano de Katharine McCormick y su expresión “una jaula de mujeres ovulantes”.

En una carta dirigida a Sanger (1955), McCormick se quejaba de la lentitud con que Pincus estaba llevando a cabo los ensayos clínicos con contraceptivos orales, lo que contrastaba con la celeridad con que había realizado los experimentos sobre animales. Llena de impaciencia, McCormick preguntó a Pincus: “¿Cómo podríamos conseguir una jaula de mujeres ovulantes para experimentar?”. La expresión permaneció inédita hasta que, en 1978, fue citada por Reed. En 1983, Ramírez de Arellano y Seipp toman el símil de la jaula de mujeres ovulantes para subrayar el carácter de laboratorio social que Puerto Rico había adquirido tras acoger el primer ensayo clínico a gran escala de contracepción hormonal. En 1994, Oudshoorn usa la expresión como metáfora de la estabilidad de la población insular de Puerto Rico y garantía de que las mujeres no se retirarían fácilmente del proyecto. Para Preciado fue un símbolo de la conexión entre el encarcelamiento y las exigencias de la precisión científica. En su valor más literal, la figura de la jaula de hembras ovulantes se ha convertido en lugar común, y ha sido citada “en casi todas las ocasiones en que alguien ha escrito sobre el desarrollo de la píldora”.

En 1998, Marks criticó “que las mujeres pudieran ser reducidas a su fisiología reproductiva y ser vistas como simples ‘hembras ovulantes’”. A su juicio, tal visión reductiva no fue un elemento casual y aislado, sino el fundamento sobre el que los investigadores diseñaron los primeros ensayos clínicos de la píldora. Posteriormente, Marks afirmó que McCormick admitía que las mujeres podían ser tratadas como meros animales, puesto que consideraba aceptable tanto el ensayo de la píldora en pacientes psiquiátricas en los EE.UU. como los realizados en Puerto Rico, Haití y México, donde se buscaron mujeres manipulables y que “no se consideraban a sí mismas como seres humanos dotados de la capacidad de pensar y sentir”. Por su parte, Clarke concluye que la distinción humano/no-humano se ha ido haciendo cada vez menos relevante para la ciencia y la tecnología de la reproducción.

Pero como señala Janet Smith, el proceso generativo en el ser humano “tiene que ver directamente con el valor de la persona humana y con la importancia de las acciones que han de respetar la plenitud de su dignidad como persona humana. Tratar al hombre como si fuera otro animal cualquiera justificaría la contracepción, no la condenaría”.

 

II. El cuerpo de la mujer, un sistema manipulable de moléculas hormonales

La reducción de la mujer a un sistema hormonal manipulable no fue fruto de la iniciativa de un individuo o de un grupo aislado; sino el resultado de una mentalidad que se fue difundiendo entre los biólogos del siglo XIX tardío, a la que acertadamente se ha denominado “visión molecular de la vida”, la forma más radical del reduccionismo biológico.

Un efecto de esta visión fue la promoción de las hormonas, en especial de las hormonas sexuales, a la condición de protagonistas dominantes de la vida y la sexualidad. Como dice Harding, “se proclamó discursivamente que las hormonas sexuales encarnaban la esencia del sexo”. En consecuencia, el organismo femenino pasó de ser ‘cuerpo reproductivo’ (Pfeffer) a ser ‘cuerpo hormonal’ (Harding).

En la historia de la contracepción hormonal encontramos ejemplos de cómo la visión molecular se impuso a la visión humana. Marsh y Ronner nos hablan de la reacción de Pincus al informe que le presentó la Dra. Rice-Wray sobre el ensayo de Rio Piedras. Rice-Wray concluía que la píldora proporcionaba una protección del 100% frente a la gestación, pero causaba un exceso de reacciones colaterales; lo que aconsejaba, a su parecer, no recomendarla para uso general. Pincus, señalan Marsh y Ronner, “diagnosticó que las reacciones en las mujeres eran psicosomáticas” y reaccionó con alegría al saber que “la píldora funcionaba y eso era lo único que le importaba”.

Por su parte, Rock se opuso al uso de contraceptivos de dosis reducidas de hormonas y pugnó tenazmente por mantener el Enovid 10, con su elevado contenido en esteroides y sus secuelas de intensos, y a veces insoportables, efectos indeseados. Para Rock, soportar los molestos efectos colaterales de la píldora de dosis alta era el precio que las mujeres habían de pagar por poner a salvo la inocencia moral de la medicación, que para él debería ser exclusivamente anovulatoria.

Podemos concluir que la reducción de la mujer a un sistema manipulable de moléculas hormonales es, en cierto sentido, una consecuencia de la pérdida de la unidad existencial del cuerpo humano y que el proceso de molecularización ha marcado el rumbo de la investigación contraceptiva.

 

DE LOS ORÍGENES DE LA CONTRACEPCIÓN A LA HUMANAE VITAE: ALGUNOS EPISODIOS SILENCIADOS

Autor: Gonzalo Herranz, Universidad de Navarra. Email: gherranz@unav.es

 

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